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martes, 20 de enero de 2015

CERASTIUM GLOMERATUM

Una florecilla de pétalos blancos con forma de orejas de ratón
Cerastium glomeratum
Cerastium glomeratum



Esta primavera más de una vez bajaré por La Chocarrera, dejaré la fuente a mi derecha y recorreré el paseo que rodea el Trujal de Nagore, cuidando de no tropezar con las arrugas que producen en el suelo las raíces de los cipreses del seto que oculta la finca. En este paseo hay dos bancos, uno inservible, una fila de aligustres y un parterre que estará florido con variedad de plantas, y una de ellas será esta especie de cerastium: sagu-biarria, en euskera y oreja de ratón, en castellano.
Cerastium glomeratum









A este género de plantas, ¡pobricas!, el botánico J.J. Dilenius (1684-1747) les inventó el nombre científico latino ¡cerastium!, derivado del griego kérastēs, que en castellano suena francamente mal: ¡cornudo!; aunque se disimule diciéndolo en la lengua de Cicerón. Y es que J.J. se tuvo coger la lupa para ver que las semillas, de menos de un milímetro de tamaño, están erizadas de cuernecillos.
Cerastium glomeratum









Me inclino a pensar que a esta planta le afecta poco el nombre que le hayan encasquetado: es cosmopolita. ¡Y qué cosmopolita se molesta por semejante menudencia latina!  Primero, la vemos a caballo de un lado y otro del Pirineo, llegando hasta los dos mil metros. Luego, florece por Eurasia: lo mismo le da aparecer por los alrededores de los Alpes, las riveras arenosas de China o las guarderías infantiles de Finlandia. Y qué menos que, a cambio de las patatas o el chocolate, hayamos difundido esta preciosidad por todo América, tanto da California o Los Nevados de Chillan.
Cerastium glomeratum







En época de fronteras y vallas, tanto cosmopolitismo (crece hasta en Zimbabue), alguna maldad más le tiene que acarrear: en agronomía la consideran una maleza, una mala hierba. Y, aunque se diga que es inútil poner puertas al campo, se ha buscado una manera de ponérselas y bien firmes: los herbicidas. Así es como me entero de que un componente maléfico de los herbicidas es el glifosato (¡de dónde habrán sacado tal palabro!) y que se han estudiado sus efectos destructores sobre las humildes orejas de ratón en los cultivos de Uruguay. Parece que en el Cono Sur les ha resultado un regalo envenenado, a juzgar por el trabajo que les da su extirpación.  




No ha de pasar un mes sin que vea asomar esas orejitas blancas entre las mieses y parterres del pueblo


Cerastium glomeratum

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