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martes, 24 de noviembre de 2015

ANEMONE NEMOROSA

Y el viento... se hizo flor
     
Anemone nemorosa
Anemone nemorosa





El viento en los sauces, Como el viento entre los almendros, El viento entre los álamos, son algunos de los títulos literarios que hacen referencia metafórica a las cualidades sensoriales y sonoras de este fenómeno meteorológico: el viento, anemone en griego. 
Y últimamente, Ruiz Zafón me hizo percibir que el viento tiene sombra
Pero, he tenido que andar por entre las hayas y bojes de la sierra de Leyre para llegar a ver… el color del viento, cuando el viento se hace flor en las Anemone nemorosa, en las anémonas del boscaje. 





Anemone nemorosa





Y así, el color del viento es primero rosado; cuando se despliega, blanco; y abierto, tiene unas puntadas amarillas. 
Las anémonas, por la sierra, se extienden, como las nieblas que empuja el viento, por los claros del bosque y sobre la hojarasca de las hayas. Sus rizomas se extienden, ocupan espacios y en abril tapizan los calveros con sus tépalos blancos para asombro de los caminantes. 
Este espectáculo floral ha hecho que esta anémona sea el emblema del Jardín Botánico de Gotemburgo, uno de los mayores de Europa, con 12.000 especies de plantas.



Anemone nemorosa




No me extrañaría, por tanto, que en los alrededores de Gotemburgo viviera Kalle, el hijo de Nilsa-Petter y protagonista de uno de los cuentos de Alfred Smedberg titulado: La flor de la felicidad del monte Klint. 
Tres días le llevó a Kalle alcanzar el bosque encantado de Hulta y una vez sorteados sus extraordinarios peligros, divisar la cima del Klint. En la cima, según el gnomo de casa, se encontraba una flor blanca, tan increíblemente hermosa, que brillaba tanto como el sol: era la flor de la felicidad que faltaba en casa de Kalle y que él haría florecer ante su puerta. 
Bien puedo suponer, por tanto, que el sueco Smedberg pensaría en la anémona del bosque mientras escribía lo trabajosa que resulta la felicidad.


Anemone nemorosa






La felicidad, sentida en la placidez de un jardín nemoroso, por ejemplo. Por eso, el cultivo de las anémonas con fines decorativos en jardines es antiguo y se puede remontar a los romanos.
Contrasta la uniformidad de los tapices blancos de anémonas de Leyre, con la variedad de colores que se pueden ver por los jardines de las ciudades. Los jardineros, buscando los colores atractivos en sus composiciones florales, han conseguido multitud de variedades referenciadas por la Botanic Gardens Conservation International. En su listado se recogen hasta 104 variedades de la especie nemorosa por sus colores y matices.



Anemone nemorosa







Y como la felicidad no es compatible con el dolor, las anémonas pueden resultar analgésicas, bueno, siempre que se supere el “bosque encantado” de la toxina protoanemonina. Esta toxina es un componente de las anémonas, que las hace extremadamente venenosas. Hay que tratarlas como a la felicidad, con mano enguantada; mejor admirarlas que romperlas y que nos viertan sus jugos urticantes. Feliz, sin embargo, se halla el hongo Sclerotinia tuberosa, una especie de ascomiceto que se parasita en los rizomas de las anémonas sin que le afecte su toxicidad. 
Y es que los hay para todo. 




Feliz me vería la próxima primavera paseando entre el Castellar y el Rallar
 y deteniéndome a contemplar las anémonas, el color del viento
   
Anemone nemorosa

1 comentario:

  1. Preciosa la entrada, muy literaria, con el viento y su felicidad

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